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Por Lola Gallego, responsable del Departamento de Formación de Cooperativas Agro-alimentarias Castilla-La Mancha

El aprendizaje es inherente al ser humano, desde que nacemos vamos evolucionando a base de adquirir conocimientos y habilidades que nos capacitan para desenvolvernos en la vida.

El aprendizaje tiene lugar en distintos contextos, de pequeños aprendemos básicamente en el entorno familiar, cuando empezamos el cole entramos en el ámbito educativo, etapa que se prolonga hasta lograr la cualificación necesaria para acceder al mercado laboral y, una vez en él, continuar aprendiendo desde un punto de vista más práctico.

Recurro a un ejemplo cotidiano, como es el uso del móvil, para visualizar la importancia de la formación en cualquier contexto, si por cualquier motivo cambiamos uno por otro, es imprescindible que aprendamos a manejarlo adecuadamente, este aprendizaje nos capacitará para usarlo de forma eficiente.

Esto ocurre en todos los ámbitos, principalmente en el laboral, en el que es necesaria la formación continua con objeto de mejorar nuestra cualificación y lograr ser los mejores profesionales que podamos llegar a ser para hacer mejor nuestro trabajo, siendo más eficientes y más eficaces.

Las empresas son las beneficiarias directas de la cualificación de su personal, por tanto, son las primeras interesadas en “invertir” en la formación de sus trabajadores y trabajadoras para que sus empresas sean más competitivas y más rentables, fin último de cualquier actividad empresarial.

Da igual el sector de actividad en el que actúe la empresa, la formación es una necesidad horizontal y permanente, en continua evolución, como la vida misma.

Recientemente en el “Foro internacional de Jóvenes Cooperativistas” al que hemos asistido en Valencia con un grupo de jóvenes de Castilla-La Mancha, en el que participaron cooperativistas de varios países de la Unión Europea, quedó patente que cada generación va estando mejor preparada pero que hay margen de mejora y es imprescindible seguir apostando por la formación.

Suelo citar a Henry Ford, fundador de la automovilística Ford, en 1903, cuando decía “Solo hay algo más caro que formar a las personas y que se marchen: no formarlos y que se queden”.

¿Inversión o gasto?

No me gusta considerar “gasto” las cantidades dedicadas a formación; se trata, sin duda, de una “inversión”, es necesario que las empresas inviertan en la formación de sus trabajadores/as, inversión que rentabilizarán mejorando su productividad y eficiencia.

Pero para quién vea esta inversión como gasto, también hay una forma de gestionarla para anular o minimizar este impacto, me explico:

Cuando se trate de formación dirigida a los trabajadores de la cooperativa o empresa, la formación puede gestionarse para que ese presupuesto se deduzca en los seguros sociales, utilizando los créditos de formación disponibles para las empresas que coticen por formación profesional “formación programada” gestionada por la FUNDAE (Fundación para la Formación en el Empleo).

Y además, en el caso de las cooperativas, pueden enmarcar los costes de formación en su “Fondo de Educación, Formación y Promoción”, fondo que, en ocasiones, cuesta utilizar y que sería ideal que se dedicara a la formación de socios/socias y trabajadores/as.

Por lo tanto, no es necesario condicionar la puesta en marcha de acciones formativas a la disponibilidad de subvenciones para tal fin. Si las hay ¡estupendo! Hay que aprovecharlas, pero lo deseable sería que las cooperativas/empresas programasen la formación que resulte necesaria para sus trabajadores/as y socios/as y, a posteriori, estudiar opciones de financiación, y no al revés.

Otro factor esencial en este proceso es la “motivación”, es imprescindible que “jefes/as” y “trabajadores/as” tengan razones para formar y/o formarse, razones que pueden ser de todo tipo y que dependen de motivos internos y/o externos según la persona de que se trate. Pero sin duda, detrás de una acción siempre hay un motivo y es importante crear climas laborales donde se generen “ganas” de aprender y hacer mejor nuestro trabajo.

Tampoco tenemos que esperar a que la motivación venga de fuera, tenemos que ponernos las pilas y automotivarnos, como reto personal y necesario para evolucionar en el ámbito personal y laboral.
Porque la formación no sólo tiene que ser técnica y específica en determinadas materias, también hay que buscar formación que mejore el estado psicológico de las personas para que se sientan bien y estén en óptimas condiciones para centrarse en el trabajo y hacerlo bien.

El “buen rollo” se transmite, el malo, también.

¿Qué preferimos?, ¿trabajar en un ambiente positivo o en uno negativo?

¿En cual rendiremos más y mejor?

La formación también nos ayuda a crear climas laborales donde la gente esté contenta, motivada y con ganas de darlo todo.

¿Te animas?

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Formación